Preludio

– No, es que te pasaste de lanza.
– Claro que no. Tú apestas, que es diferente.
– ¡No manches! ¡Lo que hiciste fue trampa!
– ¿Cuál trampa? Si te quedas ahí paradota como bemba cómo no quieres que te dispare y te mate. Si te pones de pechito por sonsa no es mi culpa.
– ¡Pues no le entiendo a tu pinche juego! ¿Cómo quieres que te gane si no me explicas?
– ¿Qué dirías si te digo que te ves bien tierna enojada?
– Que chingues a tu madre.
– Uy, qué humor. Pues de que eres una princesa, lo eres. La princesa de Bulgaria.
– Qué pendejo estás.
– Pero te hice reír.
– Pues más de ti que contigo.
– Anda, ya, no te pongas así. Te amo.
– ¡Quítate, encimoso!
– Te me antojaste.
– Qué puerco.
– Pero bien que te dejas.
– ¡Pues cómo le hago! Tu obesidad no me deja moverme. Pareces ballena encallada.
– Pero soy tu gordo. Tú estás bien buena, la verdad.
– Obvio.
– Excepto por la lonjita de aquí.
– ¡Baboso! ¡Ya quítate!
– Oye, aguanta. Tienes como algo raro aquí.
– ¡Ya déjame, bruto!
– No, ya hablando en serio. Te siento una bolita aquí.

Fotografía: Rodrigo Pérez

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