El sábado fui con Daniela Guzmán y me arruinó el día.

Sábado 04/05/2015

Toda la semana estuve temiendo que llegara este día. Cuando me miró con sus ojillos de inocente y sugirió que podíamos trabajar en su casa, sentí que algo había oculto allí, en lo más profundo de sus aparentemente benévolas intenciones. Yo siempre he sabido que algo de extraño hay en esa chica. Maldad pura empaquetada en una edición de bolsillo. Nadie puede andar por la vida, rodeándose de misterio, escribiendo misterio, leyendo misterio, hasta comiendo con misterio, si no tiene algún secreto guardado en los cajones. Algún hueso muy bien escondido debajo de su cama.

Pero tampoco era como que pudiese negarme. Mi actitud sería interpretada como negación a colaborar con el proyecto literario del Jardín Blanco. Tenía que hacerlo, era mi deber hacia con el equipo, a pesar del temor y la desconfianza que Daniela Guzmán me despertaba.

Llegué tarde a su casa, a pesar de que vive solamente a una cuadra de distancia; me tomó más tiempo del que esperaba armarme del valor necesario para dirigirme hacia allá. Antes de tocar el timbre le llamé a mi novio, advirtiéndole que, si no sabía nada de mí en las próximas horas, enviara un equipo S.W.A.T a buscarme a esa dirección. De preferencia armados con bombas nucleares, pistolas de rayo láser, balas de plata, agua bendita y algunas estacas, por si las dudas; vete tú a saber qué clase de criaturita es en realidad Daniela. Por la forma en la que funciona su cerebro, me atrevería a creer que es una máquina. Por la manera en la que habla y escribe, sospecho que podría tratarse en realidad de un alienígena. Pero su fascinación por las cosas oscuras y místicas me hace creer que bien podría ser un vampiro. Todo lo anterior junto, me hace pensar en una asesina serial.

Ninguna de las posibilidades es muy alentadora.

Timbro y allí está, abriendo la puerta como si fuera una persona normal. Hasta sonríe un poquito. ¿A quién quiere engañar? Ya que estamos en esas, yo también sonrió y le digo que llegué tarde porque mi madre entró a limpiar el baño justo cuando pensaba yo entrar a la ducha. Asiente con tranquilidad, y yo sospecho que se creyó el pretexto. Intento no pensar demasiado en nada, por aquello de que quizá tenga poderes telepáticos.

Contengo el aliento. Pienso que si entro en su casa, lo más seguro es que ya no salga. O al menos no completa. Observo mis extremidades con cariño, por si acaso pierdo la oportunidad de hacerlo más adelante. Pero no puedo dejar que el miedo me domine. Estoy segura de que las de su especie son capaces de olerlo. Pongo atención a los sonidos de su casa, buscando algo parecido a unos gritos horrorizados, gemidos de dolor, súplicas de ayuda, chillido de cadenas o cualquier otro indicio de las víctimas que seguro esconde en algún sótano o ático oculto.

Una vez me dijo que yo debería de conseguirme unos cuántos esclavos. Yo me reí, pero en el fondo supe que algún día vería su casa cercada por una cinta amarilla, rodeada por policías, con forenses retirando una bolsa negra tras otra, y la Comisión de Derechos Humanos rescatando a los suertudos sobrevivientes.

Para desgracia de sus víctimas, el cuarto de esclavos oculto debe ser a prueba de sonidos, porque en la casa solamente escucho los ladridos de su perro. Pero por supuesto. Es una criatura inteligente, esa Daniela. Tengo que estar avispada, si no quiero terminar yo también en una bolsa negra.

Me invita a pasar a su cuarto y yo pongo el dedo en la tecla de marcado rápido del celular, por si acaso me veo obligada a pedir ayuda de inmediato. La aparente normalidad de su habitación y el agradable color verde de las paredes no me engaña. Sé muy bien que por aquí debe haber algo que… ¡ajá! Mis ojos se clavan en la katana que reposa en una esquina. Un arma de tamaño real con la que seguramente parte en trocitos a los esclavos que osan rebelársele. Miro mis extremidades una vez más. Pienso que me gustan mucho mis brazos, y en lo lento que escribiría en el ordenador sin uno de ellos. Si me va a cortar algo, de preferencia que sea una pierna. De todas formas no me gusta correr.

Se me ocurre poner una excusa para despegarme un momento de ella. Así podría ir en busca de los esclavos para ayudarlos, pero tengo la certeza de que no conseguiría engañarla. No, me daría sigilosamente la vuelta en una esquina y de repente allí estaría, mirándome con esos ojillos de inocencia pretendida, preguntándome que qué es lo que estoy haciendo. Luego me comería el cerebro. Hum, sí, tal vez ésa sea la razón por la que se abstiene de comer muchos productos cotidianos, como la mayonesa y la mostaza, la crema de leche y la crema batida, los pays demasiado dulces, la yema de huevo, y otras cosas. Seguramente le causan una reacción alérgica alienígena. Pero no los cerebros humanos… ni tampoco las entrañas.

Descarto la posibilidad de salvar a sus víctimas actuales. Mejor no quitarle los ojos de encima, ni por un segundo. Si no descuido mi espalda – o mis extremidades- quizá pueda salir de aquí después de todo.

Pretendo estar totalmente concentrada en el trabajo de diseño para el Jardín Blanco, pero puedo sentir cómo me lanza miraditas desconfiadas de cuando en cuando. Me pregunto qué es lo que pasara por su cabeza, qué clase de pensamientos retorcidos y macabros estarán almacenados allí dentro. Me apuesto lo que sea a que está recordando recetas de cocina de su pueblo natal. Seguramente se está preguntando cómo sabrá Rosa a la naranja. O Rosa a las brasas. A lo mejor una hamburguesa de Rosa, sin mayonesa ni mostaza, claro.

Pasan un par de horas y no resisto más la tensión. Es suficiente, he pretendido que trabajo lo necesario para que no aleguen de mi falta de cooperación hacia el equipo. Me excuso diciendo que mi novio llegara pronto a recogerme a mi casa, y que ya debo de marcharme. Por un segundo me parece detectar alivio en su rostro. Por supuesto, no quiere que descubra el cuarto donde esconde a sus esclavos, o el esqueleto que duerme en el armario cerrado.

Pero no seré parte de su colección de huesos, ni tampoco del menú de la cena.

Al menos no lo seré este día.

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Si quieren leer la otra versión de la historia, visiten la página de Misterio los Viernes dando clic aquí.

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17 comentarios en “El sábado fui con Daniela Guzmán y me arruinó el día.

      1. No es mi culpa. Técnicamente soy un producto de la agencia para la que trabajas. Ve y reclamales a ellos, diles que me reprogramen para ser linda y no abrirle las tripas a tus animalitos.

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  1. No es por criticar pero.
    ¿Acaso se puede considerar afortunada una persona que sobrevive al cautiverio con Daniela?
    Dicen que los hombres rezan pidiendo su propia muerte y que a más de uno se suicidó. Imagínate tener que pasar el resto de tu vida recordando tu periodo de esclavitud en la casa de una chica que de tener una oportunidad, instauraría un régimen absolutista que obligue a la población a leer misterio.

    Le gusta a 3 personas

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