Agar y Alec Parte 4

Durante cinco días seguidos el dragón regresó a buscarla. Nada que su hermano pudiera hacer o decir lo detendría. Estaba determinado a encontrarla. Sentía una angustiante necesidad por volver a verla, como si su vida entera dependiese de ello. Agar finalmente comprendió que no lograría disuadirlo. La terquedad de su hermano era mucho mayor de lo que era su sentido común. Llegó a la conclusión de que lo mejor que podía hacer era acompañarlo durante sus viajes al continente, con el fin de evitar que hiciera algo estúpido.

Pasó un mes entero antes de que el enamoradizo dragón lograse encontrar el hogar de aquella chica con cabellos de fuego. Aquella criatura que no sólo se había adueñado de sus sueños, sino también de sus desvelos… de todos y cada uno de sus pensamientos diurnos. Y durante un mes más Alec la observó, escondido junto con su hermano en una arboleda cercana, llenando de suspiros el aire y empapando el suelo con lágrimas amargas ante la idea de no poder acercársele, de no poder tocarla, de no poder hablarle siquiera. Nunca jamás un dragón podría estar con una humana, era imposible.

Pero fue entonces que un espíritu bondadoso se apiado de Alec. Se compadeció de su dolor, de su corazón de dragón que estaba roto en un millar de pedazos, y como un regalo, en la celebración de su vigésimo aniversario de nacimiento, le otorgó la apariencia de un ser humano. Sin embargo, un remanente de su apariencia real permaneció intacto; su pecho de hombre se encontraba recubierto de brillantes escamas color piel. A excepción de este detalle, Alec era ahora ante los ojos de todos un humano como cualquier otro. Un apuesto joven de veinte años de edad, con el cabello negro azabache y los ojos azules como las olas del mar. Alto, delgado y de hermosa tez blanca.

Con ayuda del mismo espíritu, Alec llegó al continente. Allí robó las ropas de un aldeano, tendidas al sol para secarse en el patio trasero de su casa. Se vistió rápidamente con ellas, recolectó un gran ramo de flores silvestres de todos los colores, y se encaminó entusiasmado hacia el hogar de la joven con los cabellos rojos, sin saber que su hermano Agar lo observaba atentamente. El dragón se sentía traicionado. Ahora era él quien derramaba silenciosas lágrimas sobre el verde césped… pero no eran lágrimas de tristeza y desilusión, sino de rabia pura.

No le tomó mucho tiempo a Alec ganarse el corazón de la hermosa joven, ni tampoco pasó demasiado antes de que la aldea entera se sintiera fascinada con él. Lo aceptaron como un miembro más sin reparo alguno, con los brazos abiertos y amplias sonrisas en sus rostros, pues podían percibir la gentileza del joven. Alec era amable, noble y afable, lleno de gracia y carisma. No había persona alguna que no encontrase agradable su compañía, nadie que no le diera la bienvenida. Y pronto el joven vio en aquella gente a su nueva familia, en aquella aldea a su nuevo hogar.

Agar, por su parte, a cada día que pasaba se sentía más y más traicionado. La rabia que lo corroía había dado a luz a un odio profundo, un odio rencoroso. La sangre le bullía en las venas cada vez que veía a su hermano, convertido en un hermoso joven, amado y apreciado por todos los humanos que lo rodeaban. Adorado por aquella chica pálida con cabellos de fuego. Disfrutando del aprecio ofrecido por los mismos seres que habían cazado hasta la extinción a su raza, los mismos seres que les habían dado muerte a sus ancestros con crueldad, egoísmo y malicia. Alec parecía haber olvidado completamente su verdadera naturaleza. Parecía haberse olvidado por completo de sus antepasados… y también de él.

Además de toda la ira, no podía evitar sentir envidia. Envidia de saberse querido por todos de aquella manera, envidia de ser aceptado y no tener que ocultarse nunca más. Envidia de ser amado por la joven de cabellos rojos… Agar entornó sus alargadas pupilas de reptil y enfocó la mirada en ella. Tan hermosa, tan bella y delicada. Sus claros ojos se iluminaban cada vez que veía a su hermano, cada vez que escuchaba su voz. ¿Por qué no podían iluminarse así los ojos de alguien al verlo a él? ¿Por qué nadie así de hermoso podía amarlo? ¿Por qué no podía amarlo ella?

Y así como existen espíritus bondadosos que se apiadan de corazones rotos, existen también espíritus malvados que se aprovechan de los corazones envilecidos. Fueron esta clase de espíritus los que se aparecieron ante Agar una noche de luna llena en la isla. Llenaron sus oídos de palabras venenosas y de cizaña, avivaron todos sus sentimientos de odio, traición y amargura, hasta convencerle de actuar al respecto. Le otorgaron una apariencia tan humana como la de su hermano y finalmente lo trasladaron al continente.

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