En el pantano

Ted Brown se echó hacia atrás en la lancha y respiró profundo. El aroma del pantano llenó sus pulmones, satisfaciéndolo como si se tratara de una droga. Se rascó la parte más voluptuosa del abdomen y de un manotazo ahuyentó al insecto que tuvo el descaro de posarse en su mano para picarlo.

La caña estaba quieta. Las ondas en el agua le revelaban que los peces estaban cerca, pero ninguno había mordido la carnada todavía. No importaba. Ted no tenía prisa. No había razón alguna para tener prisas en domingo.

Ted destapó con brusquedad una cerveza y de un solo sorbo se bebió casi la mitad de la botella. La dejó a un lado y observó con curiosidad la superficie del pantano; algo grande se movía debajo del agua, una sombra oscura que se acercaba con rapidez a la lancha. Soltó una carcajada triunfal, frotó una mano contra la otra y agarró con fuerza el mango de la caña. Ese pez debía ser enorme y él no lo dejaría escaparse tan fácilmente.

Entonces la criatura emergió de golpe. Ted escuchó un respiro ahogado y vio con sorpresa un par de brazos que se agitaban en el aire, frenéticos. Un agudo grito de socorro espantó a todas las aves, que levantaron el vuelo y se alejaron, sin mirar atrás. El primer impulso de Ted también fue el de echarse a volar, pero se contuvo. En primera, porque él no tenía alas, y en segunda, porque aquella persona, de donde sea que hubiera salido, claramente se estaba ahogando y Brown, por desconcertado que estuviera, no podía dejarlo hundirse de nuevo, así nada más.

Ted Brown encendió rápidamente el motor de la lancha y condujo hacia el bulto color carne que continuaba agitándose en medio del pantano.

– ¡Tranquilo, amigo! ¡Tranquilo, que ya lo saco!

Echó el torso hacia adelante y se quedó con la mitad del cuerpo colgando en el aire para poder sujetarlo. El otro no dejaba de moverse, salpicando agua por doquier y dificultando su propio rescate.

– ¡He dicho que se calme!

Como pudo, logró sujetarlo por ambos brazos y se apresuró en tirar de él para subirlo a la lancha.

El desconocido reaccionó por fin. Se sujetó por sí mismo al borde de madera y se impulsó dentro con mucho esfuerzo. Su cuerpo cayó en el interior la lancha, de espaldas, y Ted se dio cuenta de que estaba completamente desnudo. Se quitó la chamarra de camuflaje que llevaba puesta y se la echó encima, haciéndose después un par de pasos hacia atrás para dejarle respirar, y también como medida preventiva.

– ¡Vaya! Ya me imagino la clase de noche que tuvo usted ayer, mi amigo- exclamó Ted, mirando a aquel extraño con una ceja alzada-. Lo entiendo, yo también he despertado en medio del bosque, desnudo y con la billetera extraviada. Aunque nadar ebrio en el pantano no es una idea muy buena. De pura suerte no ha terminado usted ahogado.

El desconocido no respondió nada. Continuaba en el suelo de la lancha, apoyado en los antebrazos, tosiendo y jadeando. Ted se acercó un poco.

– Escuche, amigo, si quiere puedo acompañarle a la clínica- dijo-. No está cerca, y no creo que sea buena idea que usted vaya solo. No lo juzgo, amigo, se lo aseguro.

El hombre se puso de pie con dificultad. Todo su cuerpo temblaba de manera violenta. Ajustó la chamarra a su cuerpo y subió la cremallera hasta el tope. Resoplaba como el motor de la lancha en sus peores días, pensó Ted.

Finalmente, se dio la vuelta para encarar al pescador y el hombre asustado retrocedió todo lo que pudo.

– ¡Por el amor de los Dioses!- gritó, aterrorizado-. ¡Eres igual a mí!

– No- contestó el otro, hablando con lentitud-. No, no soy igual a ti. Soy tú. Soy exactamente tú.

Ted acercó la mano al rifle de cazador.

– Escúchame- le dijo el otro Ted-. No tenemos mucho tiempo.

– ¡¿Pero qué demonios eres tú?!

– Ya te lo dije. Tú y yo somos exactamente lo mismo. Tenemos el mismo material orgánico, la misma masa encefálica, la misma capacidad neuronal. La única diferencia entre tú y yo es nuestra carga de memorias y nuestro alcance dimensional. Tú tienes un alcance de nivel tres, mientras que de donde yo provengo hemos alcanzado ya el nivel cinco. Por eso he podido llegar hasta aquí.

– Mira, mira, amigo- la voz de Ted el pescador temblaba. El rifle ya apuntaba a la cabeza del otro Ted-. No entiendo una coña de lo que estás diciendo. ¿Qué es lo que quieres?

– No tienes idea de lo que está a punto de desatarse en tu mundo. Le llamamos Caos de la Segunda Era Terrana. La independencia humana terminará pronto. He venido aquí porque necesito tu ayuda.

– ¿Qué rayos quieres de mí?

– Mi ser quintidimensional no es capaz de soportar la tridimensionalidad de tu mundo por mucho tiempo. Por eso necesito de ti. Si me permites descargar mis datos de memoria en tu órgano cerebral, seré capaz de soportar tu mundo y podré finalizar con mi misión. Nuestra compatibilidad es vital para realizar una transferencia de información exitosa.

– ¿Transferencia de información?- repitió Ted, con los ojos muy abiertos y sin bajar el arma.

El otro Ted le miró con gravedad, imprimiéndole más urgencia al tono de su voz.

– Solo utilizando la información que poseo, tu raza será capaz de hacerle frente a la amenaza de los Lutianos. La supervivencia de nuestros mundos depende de que logremos evitar el Caos de la Segunda Era Terrana.

– ¿Quieres utilizar mi cuerpo, demonio?- gritó Ted el pescador, con histeria.

– Escúchame, sería una situación temporal. Tu carga de memoria quedará suspendida y será reactivada en cuanto la misión haya finalizado. Incluso podría alterar tus recuerdos para omitir este confuso episodio. La independencia de tu raza está en juego, solamente así podremos evitar el…

El disparo se escuchó por todo el pantano.

El otro Ted estaba muerto en el piso de la lancha, con una herida en la mitad de la cabeza y los ojos bien abiertos. Ted el pescador jamás había matado a otro ser humano. Pero es que eso no era nada más otro ser humano. Eso era él. Era exactamente él. Era su cadáver, desangrándose en la lancha. Era él mismo, muerto en el piso, a unos cuantos pasos de distancia.
Era su propia carne la que ya empezaba a llamar la atención de las moscas.

Ted espantó a los insectos, porque no podía soportar verlos pararse sobre su propio cuerpo. Se arrodilló y limpió con fuerza la sangre, porque no podía ver, ni tampoco oler, su propio fluido derramado. Luego comenzó a llorar, porque le dolía saberse muerto. Intentó arrojar el cuerpo al pantano, pero no toleró la idea de verse hundiéndose en las aguas. Pensó en abandonarlo en la orilla, pero se imaginó a los cocodrilos dándose un festín con su carne, arrancándole las extremidades y devorando sus entrañas.

Se sentó en el lado opuesto de la lancha, lloró otra media hora, se vio muerto una vez más y supo lo que tenía que hacer.

Truhith Amommanak y Kirkz Rühimutzmanak apagaron el monitor.

– Es el tercer intento de contacto de los rebeldes en este mes. Y cada vez consiguen soportar la tridimensionalidad por más tiempo. ¿No crees que deberíamos comenzar a preocuparnos? Sus transportadores dimensionales son cada vez más exactos.

– No te preocupes, Truhith, nunca logran soportar la tridimensionalidad más allá de unos cuantos minutos terrestres. Y cuando no los aplasta la tridimensionalidad, los asesina el contacto compatible. Los terrestres de la Segunda Era tienen una capacidad mental muy limitada. Y además son tan primitivos. Siempre recurren a la violencia.

– ¿Y siempre enloquecen de esa manera?

– Invariablemente- respondió Truhith-. Así que, como puedes ver, Kirkz, no tenemos nada que temer.

– Bueno. Si tú estás tan seguro…

– Lo estoy, Kirkz, lo estoy. Ahora olvídate de este pequeño episodio rebelde y continuemos comiendo, ¿te parece? Hazme el favor de pasarme otro trozo de ése hígado fresco.

Imagen: Swamp fever de Andrée Wallin
http://andreewallin.com/swamp-fever

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10 comentarios en “En el pantano

  1. Hijole. Me encantó totalmente. La forma en que describes lo que siente al verse a sí mismo es impagable. Se nota que tanto tú como yo salimos inspirados de la sesión del sábado, el cuento que yo hice al día siguiente sigue más o menos la lógica tétrica del de Marina, así como el tuyo me recordó a la idea de Dany y la descarga en el cerebro/inmigrantes. Me encanta que estemos tan en sintonía, y me fascinan aun más los resultados.
    Un abrazo, Rosa.

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  2. y cooon usteeedesss… mis criticas!!!! uuuuhhhhh uhhhhh!!!!

    No te pasa que es como raro leer en español y luego encontrarte un nombre muy en ingles? Hay como chorrocientos mil nombres bonitos en español… o mejor aun,,, en multiidioma =)

    Duda,,, (mas que critica, solo curiosidad)… que es lo que Ted sabía que tenía que hacer? Pensamos lo mismo y decidió quitarse la vida?? =) estaría bien cool… mucho material del cual hablar =)

    …. Una ultima crítica antes de pasar a los mil alagos … No se si alguna vez te dan dado este consejo (que yo nunca sigo, pero ayuda mucho si quieres escribir chido),: Lee en voz alta lo que escribiste,,,!!! es la mejor forma de encontrar errorsitos como la falta de un “de” o algo asi como cuando después de hablar de la cremallera, vuelves ha hablar de Ted sin hacerle referencia… Cuando la mente lee en silencio,, hace muchas correcciones automáticamente creo. También me queda la duda de si lo que tomó Ted de esa botella era realmente cerveza… y sobre todo,, donde la podría comprar !! =)

    Great tale!!! nunca he sido muy fan de la fantasia,, pero leer esta historia me recordó que siempre he querido escribir sobre la muerte… y que debería hacerlo un día de estos… ya sabes,, antes de morir =)

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    1. jajaja pues sí, mi idea es que Ted, en efecto, decidió suicidarse, pero siempre me ha gustado más dejarlo implícito. Oh sí, leer en voz alta es una muy buena sugerencia, pasa mucho que cuando lo lees en la mente tu cerebro en automático se salta errores, especialmente con typos. Gracias por leerlo y por tus comentarios :D! Y sí, ya te he dicho que deberías escribir más en general jajaja Saludos.

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  3. Pingback: Laura | vhvb1989
  4. ¡Genial! 🙂 Cierto es que los humanos somos básicos y violentos, pero no sé yo si me dejaría hacer una transferencia de información del primero que se acerca diciendo que era yo. ¿Quién sabe si la invasión de los ladrones de cuerpo ya ha empezado?
    ¡Cuánto daño han hecho las películas a los humanos tridimensionales de la Segunda Era! 😀 😀 😀

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    1. En efecto, yo tampoco me dejaría hacer una transferencia de información por el primer clon que me salte enfrente, especialmente después de ver pelis como la de “Invasores” con Nicole Kidman, pero ante ojos más avanzados podría ser una reacción de una mente limitada y primitiva jajaja ¡Un abrazo!

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  5. Wooow! Qué buen cuento! No vi venir el elemento de ciencia ficción al principio! No cabe duda de que ya dominas el tema y el estilo con maestría, y eso que según tú “no sabías escribir cuentos”. Me gustó mucho: es impactante, sorpresivo y muy bien desarrollado. Ese contacto con ” el otro Ted” es lo bastante creepy como para que uno sienta escalofríos.

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    1. Me alegra que te haya gustado. Pues el crédito la verdad lo tiene el Jardín Blanco, que me obligó a abrir el blog y a escribir a un ritmo diferente. De otra manera creo que no habría hecho el ejercicio de obligarme a escribir cuentos más seguido. Gracias por leerlo y por comentar 😀 Un saludo, Dany!

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