Historias de Aeropuerto: Una de maletas

Uno puede saber mucho acerca de una persona, si mira bien lo que lleva empacado en la maleta. ¿No me crees? Al final del día todo resulta un reflejo de la personalidad que llevan cuidadosamente envuelta en piel; la forma de hablar, la manera de caminar, las ropas con las que se cubren. También las cosas que eligen arrojar dentro del bolso. Te lo digo yo, que puedo espiar sin problemas dentro de la maleta que a mí me apetezca.

Más pares de calcetines de los que seguramente necesitará, ropa interior cuidadosamente doblada, aunque a nadie le importe un comino las arrugas de sus calzones, pasta de dientes dentro de un bote de plástico y el bote de plástico dentro de una bolsita sellada… obsesivo compulsivo.

Calcetines embutidos dentro de los zapatos, zapatos envueltos dentro de una gorra de baño, ropas enrolladas en lugar de dobladas… práctico viajero frecuente que pasa mucho tiempo en internet.

¿Me siguen?

Por eso, cuando una maleta se pierde, los viajeros se alteran. Sí, es cierto que esa pérdida puede implicar un retraso y complicaciones en sus viajes. También es verdad que en muchas ocasiones se pierden objetos de valor. Pero el origen más fuerte de su angustia es la sensación de haber perdido una parte de ellos mismos, un pedazo de su persona. Porque, aunque sin darse cuenta, cuando hicieron la maleta empacaron un poquito de ellos mismos allí dentro.

Un poquito, pero mucho más de lo que estarían dispuestos a reconocer.

Algunas veces las maletas se intercambian. El negro, verán, es un color demasiado común. Como consejo personal, háganse el favor de elegir maletas de un color llamativo. Amarillo pollo, verde limón, yo qué sé. Olvídense de sus maletitas negro funeral, café bolsa de mamá, azul marino de soy aburrido y no he superado los uniformes de escolar. Créanme que los empleados del aeropuerto podrán ubicar con mucha mayor rapidez una maleta psicodélica, o con algún estampado divertido. Claro que si son ejecutivos, serios e importantes, pues ni hablar.

Pero me estoy desviando del tema. Como iba diciendo, algunas veces las maletas se intercambian. Cuando eso pasa, por lo regular el error se reconoce dos segundos después de haber abierto la cremallera. Somos capaces de identificar nuestras pertenencias en instantes. Habrá quien la vuelva a cerrar, casi tan rápido como fue abierta. Habrá también aquellos que sientan la imperiosa necesidad de esculcar, llevados por su insaciable curiosidad o por la cleptomanía que surge ante la oportunidad.

Lisa no pudo evitar darle algo más que un par de miradas al interior de la maleta, secuestrada por error. Lo sé, porque me doy cuenta que se conoce al dedillo su contenido. No me sorprende mucho que haya revisado las pertenencias del viajero desconocido, quien debió a su vez llevarse la maleta de Lisa. Es grande la tentación que surge al tener frente a nosotros una ventana al fragmento de un alma desconocida. Nos fascina la vulnerabilidad de sus pertenencias, que no pueden evitar contarnos la historia del misterioso dueño, como chismosos testigos de su existencia.

Lisa cuida la maleta como jamás ha cuidado ninguna de las propias. Se asegura de no ensuciarla y sacude el poco polvo que ha osado reposar sobre su superficie. La mira de una forma extraña, como si de repente se hubiera convertido en el objeto más fascinante sobre la faz de la tierra. Yo me pregunto de qué forma habrá interpretado la historia que logró hilar a través de lo allí empacado.

Hay varios libros dentro. Los títulos me son indiferentes, puesto que yo no sé nada de literatura, de escritura, de español o de encuadernación siquiera. Pero me apuesto el edificio a que algo deben significar para Lisa, porque parece emocionada. O quizá esa emoción se deba al perfume, ni tan barato ni tan caro, de nuestro misterioso viajero, a las camisetas lisas talla mediana, o a las libretas que están guardadas en el fondo.

Lisa compra un chocolate de disculpa en una tienda, de camino al mostrador de Atención a Clientes.

Mientras tanto, Matías elige una caja de dulces en el local del primer piso. Lleva puesta una camiseta lisa roja y bermudas color caqui. No se viste de forma elegante, pero tampoco es que el estilo le quede mal. Hace buen juego con la barba y el cabello crecidos de más. En su mano lleva una maleta idéntica a la que lleva Lisa. Dentro, el contenido está casi perfectamente doblado y acomodado, gritando a pulmón potente su culpabilidad; ninguna maleta regresa así después de un viaje. Es claro que la ha revisado y luego la ha acomodado, de una forma pulcra en la que jamás ha ordenado nada propio.

Y hay que ver el cuidado puesto en la tarea, ningún objeto ha quedado aplastado, doblado o maltratado. Las blusas de Lisa, con sus patrones de caricaturas, frases graciosas y dibujos de comic, han sido dobladas procurando que no se formen demasiadas arrugas en ellas. Los libros, colocados hasta abajo del todo, para que nada llegue a doblar las orillas. El pendrive nuevo que se convierte en transformer también se encuentra a salvo.

Matías se dirige ahora al mostrador de Atención a Clientes. Le alivia darse cuenta de que está casi vacío, porque le dan una pereza tremenda las filas. Solamente una chica se encuentra allí. En lo primero en lo que repara es en su cabello rojizo, pero nadie encontraría eso extraño; es difícil no fijarse en tan abundante melena colorada. Luego repara en la maleta negra que la joven ha colocado sobre el mostrador y se detiene en seco.

Su expresión me parece divertida; no creo que se esperara que la chica fuera así de bonita, aunque a juzgar por la caja de dulces caros, me queda claro que su personalidad le había bastado para sentirse atraído.

Lisa rellena el formulario que la encargada del mostrador le ha facilitado. Pasan unos cuantos segundos, antes de que Matías recuerde a qué ha venido al aeropuerto. Se acerca lentamente, sin dejar de mirarla y se termina de convencer que se trata de la dueña de la maleta; se lo confirma el estampado de caricatura que se asoma a través de los largos rizos rojos.

Carraspea.

– Eh, hola.

Lisa aparta la mirada del aburrido formulario y lo mira con expresión desconcertada. Matías adelanta la maleta negra para mostrársela y esboza una sonrisa.

– Creo que nos hemos equivocado- continúa. Lisa deja escapar una suave risa y se sujeta la punta del cabello, como suele hacer cuando está nerviosa.

Yo creo que no se equivocaron tanto…

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4 comentarios en “Historias de Aeropuerto: Una de maletas

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