La casa de muñecas

La casa de muñecas era encantadora, por fuera y por dentro. Cada replica en miniatura estaba hecha con un realismo casi escalofriante. Los detalles de la cocina, del pequeño horno y la pequeña estufa, los podía ella observar por horas enteras, incrementando su fascinación a cada minuto. Tumbada sobre su abdomen en la alfombra de la habitación, jugaba con delicados dedos con los objetos que componían la sala de estar; el sillón color rosado con estampados florales y cojines a juego, la circular mesa de madera para el café, la máquina de coser en una esquina.

Hasta el tapiz de las paredes era exquisito y cada cuarto tenía el suyo propio, adhoc con el estilo particular de las múltiples habitaciones. Como si los innumerables detalles no le hubieran bastado al anónimo creador de aquella casita, los pequeños cuadros que colgaban de los muros estaban pintados con un cuidado tal, que a Anna se le antojaba ridículo.

El resto de los regalos navideños permanecían en una esquina de su habitación, esperando pacientemente que les llegara el turno de ser admirados con la devoción y la adoración con la que Anna admiraba la casita. Pero ella no se daba prisa en acordarse de ellos, no cuando la casa tenía tanto por ofrecer. Porque no solamente era hermosa y detallada, sino que además era funcional; las luces se prendían y se apagaban de forma individual, el horno y la estufa realmente emitían calor, el refrigerador dejaba escapar una brisa helada cuando se espiaba dentro, las puertas podían abrirse, todos los cajones contenían algo. Hasta los libros de la biblioteca podían extraerse, para presumir sus páginas llenas de diminutos caracteres. Incluso había fotografías colocadas en bellos portarretratos, en el tocador y sobre la chimenea, en la habitación junto a la cama.

Era una casa muy grande; con cinco habitaciones en la segunda planta y un ático en la tercera. La cocina, la sala de estar y el comedor reposaban tranquilamente en la primera planta. En el pasillo había otra puerta y unas escaleras que daban la ilusión de dirigirse al sótano, pero éste por supuesto no existía en verdad.

La madre de Anna la llamó para la cena y ella, con pesar, apagó todas las luces y cerró con cuidado la casita. Cuando volvió, había una lámpara encendida en el ático en miniatura.

Durante la noche tuvo pesadillas. Soñó que era pequeña. Tan pequeña que cabía dentro de la casita. Recorría todos los corredores y las habitaciones, en busca de una salida. Pero no la encontraba. A través de las ventanas podía ver su habitación. Los peluches navideños la observaban fijamente, desde la esquina en la cual los había abandonado. Le pareció adivinar la burla contenida en esos negros ojos de plástico: “¿Lo ves, Anna? Por no jugar con nosotros, te has quedado atrapada. Si nos hubieras hecho caso, en lugar de a la casita, esto no habría pasado”

Anna intentó abrir la ventana, pero no lo consiguió. Se dirigió a una de las habitaciones, la que antes le había gustado más. Las paredes púrpuras y los muebles vacíos, que antes la habían fascinado, ahora le causaban repulsión. El piso del corredor comenzó a crujir con fuerza, como si alguien se acercara a través de él. Anna se escondió debajo de la cama, pero pronto se dio cuenta de que los pasos venían de afuera; era su madre, que había entrado en su cuarto.

Corrió rápidamente hacia la ventana e intentó abrirla para llamar su atención. La madre estaba sentada en la cama, abrazando con fuerza la almohada de su hija y llorando a lágrima viva. Anna comenzó a golpear el vidrio con todas sus fuerzas y a llamar a gritos a su madre. Pero ella no la veía. Solamente seguía llorando.

Anna lo intentó desde otra ventana y luego se puso a aporrear la puerta de entrada, pero ésta no cedió. La madre se marchó de la habitación y ella se tumbó al suelo a llorar también.

Después de unos minutos, el silencio de la casa fue roto por una suave risa, que flotó por el pasillo hasta los oídos de Anna. La niña alzó la cabeza. Escuchó pasos de nuevo, pero esta vez sí provenían de la casa. Primero eran pisadas suaves y delicadas, como si alguien caminase de puntillas. Poco a poco incrementaron el ritmo, hasta convertirse en un correteo desesperado. Luego el sonido de una puerta que se azota.

Anna se puso de pie inmediatamente. Dudó unos instantes, pero finalmente abandonó la habitación y corrió en dirección de aquel escándalo. La casa quedó en silencio un par de segundos, pero pronto las pisadas se reanudaron y otra puerta se azotó allá abajo, en la primera planta. Anna descendió de dos en dos las escaleras. Observó todo y se dio cuenta que la puerta del sótano estaba entreabierta.

Frunció el ceño. Se acercó lentamente y antes de llegar hasta ella sintió que algo frío se encajaba en sus pies descalzos; lo retiró de inmediato y vio una llave.

La risa se escuchó de nuevo, y luego otra vez los pasos. Venían de las escaleras que daban hacia el inexistente sótano. Anna tomó la llave del suelo, la examinó y luego volvió los ojos a la puerta entreabierta y al vacío oscuro que se veía a través del resquicio.

Se resistió a adentrarse en las penumbras. Primero intentó utilizar la llave en cada una de las otras puertas que había en la casa de muñecas y también en las ventanas. Pero no consiguió abrir nada. Era inútil engañarse a sí misma, sabía bien a dónde tenía que dirigirse.

No tenía sentido que hubiera nada allí abajo. La casa en realidad no poseía un sótano, solamente la ilusión de que existía uno. Pero al descender las escaleras no se encontró con una pared negra y el dibujo de una puerta, como había visto antes al explorar la casita, tumbada sobre su estómago en la alfombra rosa. Se encontró con una puerta real, y era la llave en su mano la adecuada para retirar el cerrojo.

Anna la abrió lentamente. Ante sus ojos apareció una habitación blanca. En cada una de las paredes había un estante y en cada repisa había una línea de muñecas. Todas la miraban fijamente. Y todas tenían ante sí una placa metálica con un nombre escrito: Emily, Mary, Susan, Laura, Nadia, Diana, Leslie, Nicky. En el estante de la derecha había varias repisas vacías. Y al lado de la última muñeca, una placa que todavía no tenía dueña: Anna.

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6 comentarios en “La casa de muñecas

  1. yo siempre soñe con una casa de muñecas, y nunca me la regalaron, por algo existen las madres tan sabias y saben lo que le combiene a sus hijos.
    Me gustaria leer algo diferente a ciencia ficcion y terror, alguna de aventura o romantica, si se podrias. 😉

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