Historias de Aeropuerto: Doris

Los aeropuertos son lugares inusuales. No lo parecen, ya lo sé, pero lo son. Ustedes creen que pueden ver todo lo que transita por los pasillos de un aeropuerto. Ven al hombre vestido de traje, y también a la señora con los dos niños gritones. Ven al perro encerrado en la jaula y también al sujeto con pinta de traficante, al que seguro le revisarán algo más que los zapatos en la zona de detección de metales.

Ah, pero les apuesto que no ven a la mujer que murió en San Francisco, cuyo cadáver sobrevoló buena parte del continente americano para ser enterrada en sus tierras natales, velada junto a sus seres queridos… a quienes, por cierto, no invitó a sus vacaciones. De haberlo hecho, tal vez alguno de ellos habría podido evitar que la mujer ingiriera esa cantidad casi obscena de queso durante la cena, de modo que no habría sufrido la obstrucción intestinal que la llevó a… bueno, a regresar a casa en la zona de carga, en lugar de hacerlo en primera clase. Su lugar fue bien aprovechado por un oportunista atento. Claro, fueron precisamente los irritantes sermones familiares en pro de su salud los que la convencieron de gastar su dinero en boletos de avión para las amigas del bingo, en lugar de los parientes molestos.

Pero ya qué importa eso.

Ustedes no la ven, pero yo sí la veo. Ah, no, no me refiero al cuerpo en estado de descomposición que han metido en el vuelo equivocado y que ahora viaja despreocupadamente al frío Canadá, tal vez para probar la teoría de la criogénesis. No, yo me refiero a la mujer que se quedó aquí, mientras su cuerpo se marchaba en otro avión por error.

Su nombre es Doris. Así lo decía la etiqueta burdamente pegada al ataúd con cinta adhesiva. Doris la abuela de trece y madre de cinco. Doris, la que ganó solamente una vez en el bingo. La que perdió a su esposo cuatro años atrás y que se perdió a sí misma hace dos días. Doris, muerta con sus gafas de fondo de botella y su vestido azul manchado de vino barato.

Se sabe muerta, pero aun así intenta gritarles a los encargados detrás del mostrador de la aerolínea.

– ¿Dónde quedó mi cuerpo? ¡Si serás bruta, rubia oxigenada! ¿Qué tienen que andar haciendo mandando mi cuerpo a otros lados? Serán burros todos.

Ni la escuchan, ni les mortifica. Todavía no caen en cuenta de que el ataúd está perdido. Pero ahí viene Alberto, el hijo mayor de Doris, a preguntar cuándo le darán a su madre de regreso, a explicarles que la hora acordada de entrega, según los mismos encargados, era a las cinco en punto, y ya son las cinco con diez.

Sandra, también conocida como la rubia oxigenada, le dice que va a revisar su caso de inmediato. Descuelga el teléfono que está en su escritorio, marca rápidamente un número y pregunta por la carga del vuelo 187 que debió salir de San Francisco varias horas atrás. Le indican que toda la carga ya fue entregada y que el ataúd también debería estar ya en el aeropuerto. Sandra se pone pálida.

– ¡Bingo, vieja inútil! Ya iba siendo hora de que te dieras cuenta…

Doris está tan cerca de ella que podría respirarle en la cara… si tan solo todavía respirara. Sandra se aclara la garganta y esboza la mejor sonrisa que puede, pero Alberto no se la traga. Ya se ha olido que algo anda mal.

– Hubo una confusión- explica Sandra, con visible incomodidad.

– ¿Qué clase de confusión?- Alberto se inclina sobre el mostrador y la rubia oxigenada retrocede un poco.

– Pues… parece ser que, por algún motivo, el ataúd fue erradamente etiquetado e ingresado junto con el resto de la carga de otro avión a…

– Aguarde un segundo… ¿quiere decirme que el ataúd está perdido? ¿El ataúd con mi madre dentro?

Sandra volvió a carraspear y Doris puso los ojos en blanco.

– Bueno… realmente no está perdido. Sabemos dónde está.

– ¿Y dónde es eso?

– Ah… estamos seguros de que se encuentra en el vuelo 875… a Canadá. Pero el vuelo hará escala antes de abandonar el país- se apresuró en agregar-. Recuperaremos la carga en ese momento y la regresaremos aquí de inmediato.

Alberto se pone pálido primero, luego recobra su color y las mejillas se le colorean rápidamente de rojo. Lo que dice después, bueno, mejor no lo repetimos al pie de la letra. Queda claro que está enojado.

– ¡La abuela no está en Canadá!- replica entonces una voz aguda y enérgica- ¡Mira, papá, mira! ¡Aquí está la abuela!

Lulú tira de la camisa de su padre con insistencia, pero él está enzarzado en una discusión con la empleada de la aerolínea y no tiene tiempo ni para voltear a ver a su hija de cuatro años. No había querido traerla consigo a una empresa tan poco apropiada para un niño como la de pasar a recoger el cadáver de la abuela al aeropuerto, pero tampoco había conseguido dejarla encargada con nadie. La madre estaba en el trabajo y el resto de la familia tenía sus propias preocupaciones.

– ¿Lulú?- pregunta Doris, asombrada y Lulú se ríe, asintiendo a la vez con la cabeza, sin quitarle de encima sus ojos risueños- ¡Lo que me faltaba! ¡Nada más poderme entender con una niña de cuatro años!

– ¿Te divertiste, abuela?

– Las mejores vacaciones del mundo, Lulú. Las mejores…

– Papi, la abuela tuvo sus mejores vacaciones- desafortunadamente Lulú era demasiado pequeña para entender de sarcasmos.

Alberto le dirige una mirada consternada y luego retorna su atención a la empleada.

– ¿Ven lo que provocan? Mi hija está claramente consternada por todo esto. ¡Ya tuvimos bastante con perder el alma de mi madre! ¿Ahora dice que también hemos perdido su cuerpo? ¿Qué clase de broma es esta?

– Tu padre siempre ha sido un poco dramático… – Doris le da unas palmadas intangibles en la espalda a Alberto. Lulú vuelve a reír, esta vez un poco más fuerte.

– No está perdida, papi. La abuela dice que eres dramático.

– Cállate, Lulú, deja en paz a tu padre- Doris la mira con severidad y Lulú se esconde tras las piernas de Alberto.

Un perro ladra muy fuerte y los sobresalta a todos; uno de los pastores alemanes que seguridad utiliza para rastrear drogas le dirige a Doris amenazadoras miradas, le muestra los colmillos y la amenaza a base de ladridos. El policía piensa que el perro le está ladrando a Alberto y se acerca rápidamente para pedirle con discreción que lo acompañe a la zona de chequeo.

– ¿Qué?- Alberto lo mira, incrédulo- ¡Solamente vine a recoger algo… digo, a alguien! ¡No he hecho nada!

– Por favor, caballero, es mejor si no hace escándalo. No se preocupe por su hija, mi compañera Rita la cuidará en lo que usted y yo charlamos. Venga por aquí, si me hace el favor.

– ¡Adiós, abuela, adiós!- Lulú se despide alegremente de Doris mientras Rita le da la mano para conducirla al área de espera, fuera de la habitación donde el policía planea interrogar a Alberto y revisarlo completamente.

– ¡Lo que me faltaba!- exclama Doris- ¡Que solamente puedan verme los niños y los chuchos!

Le lanza una patada intangible al animal. Aunque no lo toca ni lo lastima, le hace encogerse de miedo y lanzar un pequeño chillido.

Alberto comienza a quitarse la ropa en la habitación, sin parar de quejarse y amenazar al policía con demandarlo por trasgredir sus derechos humanos, y Doris regresa como un bólido al pasillo.

– Eso es algo que no necesito ver…

Lástima que yo no puedo correr a ningún lado… solamente puedo decir que Doris y su marido no hicieron tan mal trabajo.

Ocho horas después, los tres finalmente se dirigen a la zona de parqueo. Alberto todavía no se siente cómodo al caminar tras la dedicada revisión de sus partes privadas. Lulú no deja de platicarle a Doris cosas irrelevantes, de la clase que un niño de cuatro años le platica a su abuela. Doris asiente de vez en cuando, pone los ojos en blanco y vuelve a asentir con la cabeza. Alberto se limita a asumir que Lulú tiene su propio modo de lidiar con el dolor de la muerte y mejor se concentra en instruir a los choferes de la carroza fúnebre para que se dirijan al sitio donde, finalmente, podrán velar y enterrar a su madre.

El perro del policía sigue inquieto tras la fantasmal patada que ha recibido. Aunque todavía no lo sabe, será sustituido en su trabajo; Ricardo, el policía, ha dejado de confiar en los instintos del can tras el chasco que se llevó al revisar a Alberto. Sandra no sospecha que su gerente planea quitarle varias horas de sueldo, por haber manejado de forma “poco profesional” la situación del ataúd perdido.

Y Doris se marcha del aeropuerto, con sus lentes de fondo de botella y su vestido azul manchado de vino barato.

Anuncios

6 comentarios en “Historias de Aeropuerto: Doris

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s