Carta a mi madre

Lo único que deseaba era sentir. No con la carne y los huesos, ni con los poros o los vellos del cuerpo. Quería sentir con la verdad, rasgar el aire usando los dedos y darme cuenta que el frío calaba en algo más.

No pedía otro privilegio.

Cuentan las bocas afortunadas que los besos no saben en los labios. Susurran los suertudos que los abrazos atraviesan materia y que la materia se evapora cuando entra en contacto con el elemento indicado. Que los suspiros se inventaron para transportar mensajes y los sollozos para ahorrar palabras.

El mundo que describen lo desconozco. ¿Qué son los besos, sino la simple acción de juntar un pedazo de carne a otro? Me contaron que es amor y cariño, pasión, deseo. Pero hay un camino de vidrios entre lo que dicen y lo que siento. Hay fuego, ácido y un muro espejado que solamente refleja mi lado. Y de mi lado no hay nada.

¿Cuándo la materia se vuelve etérea? Los brazos se atoran en la cintura o en la espalda, jamás llegan a ninguna otra parte. ¿Qué es el elemento indicado? ¿Quién o qué consigue que se evapore la materia para revelar el alma, para alcanzarla y tocarla? Puede ser que la mía esté extraviada. No lo sé.

Mi interior se proyecta a través de un velo, y todo lo que consigue mostrar es confuso y borroso. Mi cabeza sufre de inanición, pero no hay alimento que valga para volver a sentirme vivo. Moscas zumban allí dentro, le cantan canciones de cuna al cerebro. Y el cerebro las escucha.

Cada mañana me levanto antes de que salga el sol para averiguar si finalmente el frío me dice algo. Si toca algo más que la piel y al respirarlo me encuentro a mí mismo. Pero el frío es mudo y las moscas continúan cantando.

Últimamente en la consciencia tarareo su canción. La he memorizado. Tarareaba la melodía ayer, cuando firmé en la droguería del hospital. La he asimilado. Tarareaba cuando me encerré en la habitación e ingerí de una la mitad del contenido. La he aceptado.

No lo entenderás nunca, pero yo sí comprendí a tiempo que ya no lo tengo que intentar jamás. Que ya no necesito sentir, porque a donde voy todos son como yo. Cuando despierte estaré del otro lado del muro espejado y en el reflejo miraré el universo. Y finalmente sabré a qué sabe un beso, o cómo la materia se puede volver intangible. No habrá más partes de mí extraviadas. Ya no.

Sé feliz, madre. Porque del otro lado del camino de vidrios, sé que yo lo seré.

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