El otro día hablé con la muerte

El otro día hablé con la Muerte. Siempre pensé que cuando me encontrara con ella, sería obviamente porque era mi momento de saltar al otro lado, estirar la pata, colgar los tenis, ponerme fría.

Pero no.

Ella solamente estaba de paso. No me quiso decir a dónde iba, ni de dónde venía. Dijo que en Muertos y Asociados SA de CV son muy estrictos con las políticas de confidencialidad, y su itinerario entra en la categoría de secreto de empresa. Así que tuve que conformarme con saber que yo no estaba en su agenda, al menos no ese día.

Le pregunté qué quería entonces de mí, y me dijo que yo era escritora.

– Bueno, señora Muerte, qué perspectiva me salió usted- pero no se rio de mi sarcasmo-. Esas novedades yo ya las conocía, ahora dígame por qué le interesa eso.

– Los escritores no se asustan tanto cuando me ven. Debe ser porque me inventan todo el tiempo…

Supongo que en eso ella tenía razón. Quiero decir, sí me sorprendió un poquito, pero no lo suficiente para hacerme derramar mi café, por ejemplo. Pero bueno, es que para que yo derrame café se requiere el inicio del fin del mundo, e incluso así, estaría dispuesta a recogerlo con la lengua si fuera necesario. Fin del mundo será si no tomo completito mi néctar matutino, y no me voy a enfrentar ni a la invasión alienígena, ni a los tornados repentinos, ni a Godzilla, sin al menos una taza de café nadando felizmente en mi estómago. Bueno, no la taza, el contenido, ya saben de qué hablo. Tampoco me iba a enfrentar a Doña Muerte, pero ahora que ella estaba en plan de “Hola, vengo a platicar” no me quedaba otra alternativa más que ofrecerle un café también.

Chingado, tan caro que sale el kilo…

– Estoy cansada de recibir toda la culpa por mi trabajo- dijo, mientras le soplaba al café para enfriarlo un poquito. Se le veía, en efecto, muy afligida.

– Bueno, bueno, señora Muerte, ¿pero es que a quién quiere usted que culpen?

La Muerte lanzó un bufido y golpeó la taza contra la superficie de la mesa. Gotitas de café salpicaron y yo me mordí los labios para no recriminarle por semejante desperdicio. Que a lo mejor enojada, cambiaba de idea y me llevaba de una vez con ella, nada más para arruinar el resto de mis días.

– Nadie se pone a pensar en mí, a nadie se le pasa por la cabeza que a lo mejor a mí tampoco me gusta mi trabajo.

– ¿No te gusta?- pregunté, porque la verdad era que la señora tenía razón, no se me había pasado por la cabeza ese pensamiento.

Ella suspiró y una lagrimita morada se le escapó de los ojos… o de la cuenca donde estarían sus ojos, si los tuviera.

– Claro que no. ¿A quién demonios podría gustarle? La paga es mala, las horas de trabajo son desquiciadas, todos te odian y nadie te la pone fácil. ¿Crees acaso que me ha tocado algún cliente agradecido? ¿Alguien que diga “Muchas gracias por recogerme con tanta puntualidad y no hacerme esperar” o “Gracias, Muerte, por venir para acompañarme al otro lado y que no me pierda en el camino”? No, no, nadie te dice eso.

– Bueno, ya, pero me imagino que la empresa te recompensa por tu trabajo- me aventuré a adivinar.

La muerte dejó escapar una amarga carcajada.

– ¡Qué bah! ¡No te dan ni siquiera un bono! Ni siquiera se molestan en nombrar al empleado del mes, o cualquier otra tontería motivacional como ésa. He sido puntual durante todos estos años, cumplido con todas y cada una de mis asignaciones, hasta la hago de terapista cuando esos ingratos me cuentan la historia completa de sus vidas y de cómo se arrepienten de esto y lo otro. ¿Y alguna vez me han dado un premio, un bono, un día extra de vacaciones? ¡No! ¡Jamás! Ah, pero no se le ocurra a una perder un alma, llegar tarde al trabajo o tomarse un día de más, porque los gerentes se vuelven locos.

Y se empinó el café de golpe, sin importar que todavía estuviera caliente. Yo quise decirle que eso solamente funcionaba cuando el líquido posee algún grado de alcohol, aunque sea el más mínimo, pero de nuevo, pensar en la muerte arrastrándome fuera de la casa por el pie, aunque todavía no fuera mi tiempo, me hizo cerrar la boca. Menos aún con lo frustrada que estaba. Parecía estar llegando a la conclusión de que seguir las reglas no la llevaría a ningún lado, y no quería que fuera conmigo precisamente con quien empezara a romperlas.

– Yo la hago de terapista todo el tiempo, pero nadie me escucha a mí. ¿Crees que alguien me pregunta al final del día cómo me siento? ¿Crees que no me deprime saber que todos me culpan por alejar a sus seres queridos? ¿Y que los clientes también me culpan por interrumpir el curso de sus vidas y arruinar todos sus planes a futuro?

– Ya, ya, tranquila.

Tuve que pararme para alcanzarle la caja de pañuelos que tengo arriba del microondas. Yo ni sé qué se sorbió de esos agujeros negros en medio de su rostro, pero algo se sorbió, y muy ruidosamente.

– Bueno, a ver, ¿y cómo te sientes? – hacerle esa pregunta fue extraño. A mí no se me da nada bien eso de hacerla de terapista, pero ella parecía estar ansiando que alguien, quien fuese, se interesara por sus sentimientos.

– ¡Terrible!- respondió entre hipidos y se puso a llorar con más ganas.

Sí, a la Muerte también le da hipo.

– ¡Es que nadie se pone a pensar que yo no pongo las reglas! ¡Yo no decido la fecha, ni el lugar, ni el modo! ¡Yo no tengo voz ni voto! Nada más llego, les notifico el cambio en su situación y me los llevo. Eso es todo. ¿Qué culpa tengo yo? Pero todo el mundo le dispara al mensajero…

Extendió su huesuda mano y agitó la taza, pidiendo más café sin decir nada, pero hipaba con más ganas. Ceñuda, hice lo que me pedía. Mejor perder el café que mi alma…

– ¿Y por qué no renuncias?- pregunté-. Si tanto lo detestas, renuncia y ya.

Pero la Muerte se burló de mí.

– Si serás tonta. Uno no renuncia a eso, así como así. Todos firmamos un contrato y nadie lo puede romper. Estaré atorada en este inmundo empleo hasta mi jubilación.

– ¿Y cuánto tiempo falta para eso?

– Setenta y ocho milenios.

No pude evitar soltar una carcajada, que a ella no le hizo ninguna gracia.

Dejó la taza de café a un lado, se sorbió los mocos – o lo que fuera- una vez más, acomodó su túnica y carraspeó sonoramente.

– Tú no entiendes mis problemas- me dijo, indignada.

– Oh, vamos, no te pongas así. Siéntate de nuevo, y te sirvo más café. Es más, hasta te doy de mis galletas de chocolate. Yo sé que te gustarán.

– No, gracias- respondió con sequedad- Mejor recojo lo que vine a buscar y me marcho, que ya me he atrasado lo suficiente. Tendré que apresurarme si no quiero llegar tarde al siguiente.

Me quedé helada al escuchar sus palabras. Por poco y tiro el café.

– ¿Y qué has venido a buscar?- pregunté con lentitud.

La muerte sonrió y yo escuché un ladrido.

– Vámonos ya, Laica.

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14 comentarios en “El otro día hablé con la muerte

    1. La burocracia está en todos lados, ni la muerte se libra de ella. Jajaja No sé por qué no me sorprende que ya lo hubieras pensado jajaja creo que es algo que sí te pasaría por la cabeza xD Y no te preocupes por Laica, se va feliz con cualquier extraño, a ella seguro ni le pesó.

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