Historias de Aeropuerto: Horacio

Solamente existe una persona que en realidad se dirige a mí y su nombre es Horacio. Debo confesar que la primera vez que ese viejo comenzó a hablarme, realmente lo juzgué de loco. Quiero decir, ¿por qué otra razón alguien establecería una charla conmigo? Luego lo conocí un poco más y entendí que se trataba de un hombre solitario.

No creo que esto haya sido por elección. Es amable conmigo y con cualquier otro ser u objeto que se cruce en su camino. Hasta a los trapeadores los trata con cariño. Llega todas las mañanas a las seis en punto y se retira todas las noches hasta las ocho, pero jamás se le ve enojado o de mal humor. Al menos no aquí, en el aeropuerto.

– ¡Pero mira lo que han hecho contigo!- me dice con tristeza cada vez que descubre una mancha en alguna alfombra, la chapa de una puerta rota o basura tirada en el piso. Menea la cabeza con reprobación y luego sonríe ampliamente-. Pero no te preocupes, que no hay nada que no tenga solución.

Y limpia la mancha, recoge la basura y llama con presteza al cerrajero.

– Tú y yo somos viejos, sí, señor- eso lo dice a menudo-. Hemos visto muchas cosas, pero de eso se trata la vida, ¿no es cierto?

Horacio es invisible para casi todos. No muchos le dan importancia al hombre del trapeador, que se pasea hablando solo por los pasillos del aeropuerto desde hace más de veinte años. Los pocos que hablan con él le dicen las cosas de siempre; ¿Cómo está hoy, Don Horacio?, ¿Cómo amaneció? ¡Que tenga un lindo día, señor Horacio!

Pero no saben mucho acerca de él o de su familia. Yo sé que tiene dos hijas y tres nietos. Sé que uno de los esposos murió, el otro abandonó a su mujer cuando quedó embarazada por segunda vez. Sé que las hijas también trabajan, pero que entre todos apenas reúnen el dinero suficiente para vivir y enviar a los niños a la escuela. Sé que el buen de Horacio tiene cáncer de hueso.

Y también sé que el gerente planea despedirlo antes de que termine la semana.

 

– ¡Atención, tenemos una fuga de agua en el baño de damas del piso dos! No, no hemos podido detenerla todavía y el agua está saliendo a chorros. ¡Sí, trae a otro maldito plomero, el que enviaste no sirve para nada!

Es divertido ver a Lizbeth, gritando furiosa a través de la radio. A estas alturas, todo el piso del baño está inundado. La única razón por la que el agua no ha comenzado a escaparse por debajo de la puerta es que hay tres mujeres apresurándose a secar el piso con trapos y mirando a Lizbeth con ojos desesperados.

– ¿Ya viene el otro plomero?- grita una de ellas, para hacerse oír por encima del sonido del agua.

– ¡No lo sé! ¡Eufracio dijo que sí, pero yo no le creo! Mientras no mande otro viejo inútil como Esteban.

– ¡Hey, mujer, estoy haciendo lo que puedo!- responde Esteban, indignado- ¡No lo entiendo, ya debería haberse resuelto esto!

– ¡Queda claro que no es así! ¡Haz algo, maldita sea!

Ahí viene Horacio, trapeando el pasillo con la dedicación de siempre. Los gritos de Lizbeth y el cono amarillo que bloquea la entrada al baño de mujeres le llaman la atención.

– Madre de Dios, ¿y ahora qué te hicieron?- pregunta, mirando al aire como hace siempre que se dirige a mí- Veamos, no hay nada que no tenga solución.

Eso es lo que yo digo, Horacio, eso es lo que yo digo.

– ¿Qué pasa aquí?- pregunta el anciano mientras se asoma con precaución.

– ¿Qué crees tú que está pasando?- le espeta Lizbeth.

– Tal vez les pueda ayudar…

El bueno de Horacio. Esteban se aparta para dejarle el lugar, no tanto porque realmente piense que puede arreglarlo, sino porque está harto de escuchar a Lizbeth gritarle y no le desagrada la idea de que, al menos por cinco minutos, la histérica mujer le grite a alguien más.

Horacio se arrodilla muy lentamente junto a la llave de paso, toma una herramienta de Esteban, aprieta algo con ella y la fuga se detiene de inmediato.

– Ya está- exclama el viejo alegremente, poniéndose de pie con trabajo- Gracias, Esteban.

Le devuelve la herramienta al sorprendido plomero, se seca los pies con uno de los trapos y regresa alegremente a limpiar los pasillos.

 

– Atención, Bob, ¿puedes mandar a un cerrajero, por favor? Hay una puerta atascada en el sanitario de hombres, junto al área de comida. Un niño se quedó dentro y el padre está desesperado porque perderán su vuelo. No, es un niño pesado y no cabe por debajo de la puerta, ya lo intentamos. ¿Quieres apresurarte, por favor?

El padre se encuentra histérico y el pobre de Lucio está al límite de su paciencia. Cómo me encanta el color entre rojo y morado que se apodera de su rostro cada vez que alguien lo saca de quicio. Me recuerda a las berenjenas que vende Natalia en el área de comida.

Horacio no debe tardar en llegar, le toca limpiar el piso de ese baño.

Ah, muy bien, aquí viene él.

Entra al baño justo a la hora prevista y se da cuenta del problema de Lucio. El niño gordo – porque vamos, está increíblemente gordo- continúa atorado dentro del cubículo del sanitario, llorando a todo pulmón. El padre del niño gordo, que por cierto también está gordo, le grita a Lucio todo lo que a un hombre enojado sin educación se le podría ocurrir gritarle a un empleado sin culpa alguna. Y Horacio se ofrece a ayudar.

– No logrará moverla, está completamente atascada- murmura Lucio, pero Horacio menea la cabeza y pronuncia su frase de siempre.

– No hay nada que no tenga solución.

Se acerca a la puerta, le dice al niño que se tranquilice un poco y recarga su peso sobre el frío metal. Lucio pone los ojos en blanco, porque Horacio no es nada más que un anciano demasiado débil y delgado. Pero luego su quijada cae hasta el estacionamiento subterráneo, cuando la puerta se abre con una facilidad casi ridícula y el niño gordo sale corriendo a los brazos de su todavía más gordo padre.

– Gracias, Lucio- le dice Horacio y comienza a limpiar alegremente el piso del sanitario.

 

– Me alegro de que por fin sea viernes. Esta semana ha sido un caos- murmura Lizbeth en el comedor de los empleados.

– Creo que nunca antes habían habido tantos incidentes en una sola semana- responde Anahí-. Las inundaciones en los baños, puertas atoradas, llaves atascadas, máquinas expendedoras arrojando monedas a la cara de los clientes… Gracias al cielo por el señor Horacio. Ha trabajado aquí tanto tiempo, que ya se las sabe todas. Me alegro de que tengamos a alguien con su experiencia por aquí.

– Fue muy extraño- Intervino Lucio-. Podía jurar que esa puerta no se movería jamás, hasta que rompiéramos la cerradura. Pero Horacio solamente la empujo un poco y todo listo, como por arte de magia.

– No, magia no, experiencia, Lucio. Maña. Más sabe el diablo por viejo, que por diablo, ¿no?- asegura Anahí.

– Escuché que le ofrecieron un pequeño aumento- masculla Lizbeth, con celos.

– Pues me alegro por él, lo tiene muy merecido- Anahí esboza una sonrisa amplia.

Ni magia, ni maña, querida Anahí, sino las relaciones adecuadas.

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11 comentarios en “Historias de Aeropuerto: Horacio

  1. Esta historia si me gusto bastante! Existe mucha gente asi, de la que se tiene mucho que aprender no importa que tantos años tengan las personas, siempre tienen una experiencia que compartir. Me gustaria que el aeropuerto contara la historia de un hombre llamado Oscar, que aproximadamente cada mes y medio sale de viaje con una chica diferente a un destino playero.

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    1. Tus deseos son órdenes, mi querida Daniela. Yo te escribo todas las historias que tú quieras. No te puedo prometer para cuándo, pero te prometo que la tendrás 🙂 Qué bueno que te gustara la historia de Horacio, estoy de acuerdo en que hay muchas personas que les pasa como a él, tienen un gran corazón pero no muy bien valorado. !Un abrazo, Danny! 🙂

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  2. Es el primero de tus escritos que no me gusta Rous.. la redaccion es excelente como siempre… pero el final no va accorde a la vida de Horacio… todo en su vida debe salir mal, a pesar del esfuerzo, .. Ojala lo hubieran corrido pensando que el tuvo la culpa de todo… y aun asi.. Horacio sabria que hay una solucion 🙂

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    1. Sí, ése habría sido un final interesante y bueno. Creo que esta vez intenté un final más feliz, porque casi siempre me decanto por finales trágicos. Pero también me habría gustado tu versión jaja

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