Historias de Aeropuerto: Emma

A Emma la conocí hace muchos años.

La primera vez que la vi por estos rumbos era tan pequeña como uno de esos emparedados que venden en el subway del área de comida. Criaturas simpáticas, estos bebés humanos. A veces me pregunto por qué las personas siempre dicen que son hermosos. Algunos lo son, es verdad, pero la mayoría de ellos me recuerda a unos seres que aparecen en la portada de un tomo fantástico de la librería en el piso dos… gnomos, creo que se les llama.

Pero como decía, a Emma la conocí hace tiempo. Desde entonces la he visto cruzar mis salas por lo menos una vez al año. Es a su abuela a quien visita la familia, en las épocas de navidad y algunas veces también durante el verano.

No puedo negar que le he agarrado un cierto cariño a esa chiquilla. Si es que el cariño es esa emoción que le pega a uno cada vez que ve a determinada persona. Ahora tiene seis años y la cara de gnomo se ha borrado para ser reemplazada por un rostro de pelotita adorable. Se comporta como una ardilla a veces; brinca de aquí allá, habla tan rápido y tan alto que su voz se torna en un chillido agudo – como una ardilla, ya les digo-, es curiosa y rápida. Una ardilla, si nos ponemos a pensarlo, tiene muchas cosas en parecido con las ratas. Incluso caen dentro de la misma categoría de roedores. Pero las ardillas tienen algo que las vuelve adorables y ese mismo algo lo tiene Emma – no, no me refiero a una cola peluda-.

Por eso es que hoy me siento verdaderamente afligido por ella. Es una pequeña cría, una criatura humana con características de ardillita que todavía no comprende bien lo que sucede en el mundo de los adultos. Ni siquiera de los que están más cerca. Pero yo sí lo comprendo. Y sabía que esta vez su visita era diferente. Lo supe desde el momento en el que la vi llegar junto con su padre, pero no vi a la madre por ningún sitio. Sabía que ella no estaba en estas instalaciones, y desde entonces me pareció extraño.

Ya he dicho antes que me gustan los cambios y que me parece entretenido observar a todos los que ensucian estos pasillos. Soy tan entrometido como la madre de una hija única adolescente. Esta vez, sin embargo, no me pareció tan divertida la idea de fisgonear en la vida de Emma. Me imaginaba que no averiguaría nada bueno. Rara vez me importa, pero Emma, la de los cachetes inflados y sonrojados, había encontrado el acceso al rinconcito oculto de mis simpatías. Créanme cuando les digo que los boletos a la tierra de simpatías del aeropuerto son edición extremadamente limitada, especialmente cuando se trata de niños. A mí, casi todos los de su especie me parecen iguales; diminutas versiones del hombre o la mujer desarrollados, que se pasean embarrando saliva y mocos por cada una de mis salas. No saben hacer otra cosa. Yo me pregunto si vienen con un manual sobre las cincuenta mejores maneras de extraer el contenido nasal, o si sencillamente lo traen implantado en el cerebro desde el nacimiento.

Pero Emma me agrada. Pensaba que quizá era porque su madre y su padre habían hecho un trabajo distinto con ella; algo bueno, una crianza ejemplar en un nidito de amor modelo. Algo bien tendrían que haber hecho esos dos para volverla tan curiosa y agradable. Y hoy me vengo a enterar que ella abandonó el nidito, como un pájaro amnésico que sencillamente olvida el camino de vuelta. Excepto que ella recordaba a la perfección el camino y lo que había dejado atrás, pero sencillamente ya no le importaba.

Cuando la abuela llegó al aeropuerto, el padre dejó a Emma a su custodia, alegando que necesitaba utilizar el sanitario. Se dirigió en vez a un lugar aislado, lejos de la vista de ambas, sacó el móvil y llamó a la esposa por teléfono. Sé que lo mandaron al buzón de voz, porque el hombre maldijo, pero no colgó.

– Ana, escúchame bien. Lo que hiciste no tiene nombre. ¿Cómo pudiste dejarme? ¡Al menos dime en dónde estás! ¿Cómo pudiste dejarme? ¡Regresa la llamada, al menos!

Dejarme.

Él insistía en hablar en singular. Lo hizo en los cuatro mensajes de voz que le dejó a Ana. Pero Emma también estaba allí, sin su madre. Lo observé dar vueltas por el pasillo, como un perro muy grande que han metido en una jaula demasiado chica. Lloró con rabia unos minutos, luego lo hizo con angustia. Pasó la mano por su frente, limpió las lágrimas con el dorso y finalmente volvió con su hija.

A Emma no se le escaba detalle.

– ¿Estás triste, papá?

Él hombre respondió de forma evasiva, pero ella insistió.

– Tranquila, Emma- respondió-. Papá está triste porque te extrañará.

– ¿Irás de viaje, con mamá?

No, no iría. A mí tampoco se me escapa nada y sabía que tenía un boleto de avión de vuelta a casa, que partiría en dos horas a partir de entonces. Él volvería como ave derrotada al nido que Ana había desechado, solamente por si acaso la señora decidía acordarse de que su esposo le importaba. Pero no regresaría con Emma.

Ella no sabía nada de nada. No sabía que mamá la había desechado junto al resto de las cosas que vivían en esa casa. No sabía que papá, en su dolor, acabaría por desecharla también, porque en su mente solo había espacio para el abandono de Ana y para lo mucho que la quería de vuelta. Emma pensaba que pasaría las vacaciones de verano en casa de la abuela, pero que luego volvería todo a la normalidad. Mamá estaba de viaje, pero volvería pronto. Papá tenía trabajo, pero regresaría a buscarla para llevarla a casa.

Se despidió con un fuerte abrazo de él y se marchó del aeropuerto de la mano de su abuela. De mí no iba a despedirse, por supuesto, pero yo sí me despedí de ella.

Sé que no volveré a verla por aquí en mucho tiempo.

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9 comentarios en “Historias de Aeropuerto: Emma

    1. A donde sea, mientras esté lejos de su familia. Me aventuro a pensar que Ana contrajo matrimonio y se embarazó a una edad muy corta, y ahora probablemente entró a una crisis existencial que la llevó a cuestionarse el valor de su vida. Seguramente ahora anda por ahí, montada en la torre Eiffel o en algún Safari en África, viviendo las aventuras que no vivió por convertirse en ama de casa muy pronto, con el dinero de su marido en el bolso y un hombre mucho más joven que ella colgado de su brazo.

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