Pingüinos

La primera vez ocurrió cuando tenía doce años. Estaba en el patio de la escuela, jugando al soccer, como hacía todos los días escolares a la hora del receso. Primero fueron los escalofríos. La sensación de un millón de insectos corriendo a través de mis piernas, subiendo por debajo de mis pantalones hasta alcanzar el cuello de mi camisa. El rigor en mis extremidades, la incapacidad de moverlas. Las ganas de gritar, pero no poder activar ninguna de mis cuerdas vocales.

Después vino la oscuridad. El mundo se apagó como una bombilla vieja, y cuando se encendió de nuevo ya no era el mismo mundo. Era el mundo de Susan, esa chica dos años mayor que yo con la que no compartía ninguna clase, pero que veía siempre en la cafetería, peinando sus rojos rizos con cuidado y riendo como tonta con sus amigas.

Yo era un intruso. La observaba, como veía a los pingüinos que habitaban las esferas navideñas de la abuela. Ellos jamás se daban cuenta, y tampoco Susan. Estaba demasiado ocupada peinando sus rizos afuera de la escuela. Pero yo no era el único que la veía en secreto; detrás de los arbustos, él la acechaba, relamiéndose los labios como si tuviera miel embarrada en ellos. Sus ojos brillaban como los de la serpiente que vivía en el laboratorio de la escuela, instantes antes de lanzarse sobre los ratones que sobraban en las pruebas.

Lo vi acercarse a ella y sonreírle, decirle cualquier cosa para convencerla de regresar con él allí, detrás de los arbustos. Susan nunca fue muy lista.

Cuando dejé su mundo y volví al mío, la cancha de soccer seguía allí. Corrí a la cafetería y me di cuenta de que también Susan continuaba en el lugar de siempre, peinando sus rizos y riendo, riendo y peinando sus rizos.

La acompañé a casa esa tarde y el hombre se quedó relamiéndose los labios detrás de los arbustos. Pero en mi cama los insectos regresaron. La bombilla se quebró de nuevo y Susan era otra vez un pingüino en su esfera de cristal, abordando con pereza el carro de su madre para ir a la escuela. Busqué al hombre de los arbustos en el carro que iba detrás, y también entre los peatones que dejaba pasar la madre. No había ningún hombre con mirada de serpiente. En su lugar había un carro, circulando a demasiada velocidad y omitiendo el alto en una avenida perpendicular.

Y tres cuerpos en lugar de uno.

Tenía doce años y tardé tres intentos en entenderlo. La última vez que traté de ayudar a Susan sumé un total de trece cuerpos.

Tres años después, ocurrió de nuevo. Las patitas de insecto trepando por mis piernas, dejándolas rígidas e inservibles. Mis cuerdas vocales desactivándose una por una, el mundo apagándose alrededor de mí para luego mostrarme el de Víctor, como si lo hubieran metido dentro de una vitrina del centro comercial.

Con Víctor lo intenté dos veces. No pude evitarlo. Tal vez Susan no hubiera tenido remedio, pero a Víctor parecía fácil salvarlo. Solamente evité que cayera en el río, para que no pescara pulmonía. La segunda vez nada más tuve que pinchar la llanta de su bicicleta, así no lo arrollarían entre la 41 y la 54, y no se infartaría la anciana que iba al volante. Pero la tercera era más complicada. ¿Cómo impide un muchacho de 15 años que un terrorista vuele un hotel en una ciudad al otro lado del mundo? Nadie escucha ese tipo de advertencias. Ni la policía, ni la madre del muchacho, ni el amigo a quien está tratando de salvarle el pellejo.

Fueron  más de cincuenta muertes. Tal vez no hubiera sido necesario un número como ese. Quizá uno solo habría bastado, si le hubiera permitido a la muerte llevárselo desde el inicio.

¿Pero cómo se queda uno quieto cuando sabe que morirá su madre? ¿Cómo evita uno intentar ayudarla una vez, o dos, o cinco?  Tal vez más.

No sé cuántas personas murieron con ella. No me molesté en contar.

Pensé que sería la última. Quince años parecía tiempo suficiente para que los insectos se hubieran olvidado de mí. Tuve el descaro de creerme normal. Con derecho a llevar una vida cualquiera. Ayer, en la oficina, las patitas treparon por mis pies. Luego alcanzaron mis piernas, subieron hasta la corbata y se robaron la movilidad de mi cuerpo. Se comieron mis cuerdas vocales. Rompieron otra bombilla. Se encendió la luz de un mundo ajeno. Pero en realidad no era tan ajeno. Tenía frente a mí otra esferita de cristal, pero esta vez yo era el pingüino.

Si lo hago, no seré más que un títere. Ni siquiera sé a las manos de quién están atadas mis cuerdas. No tengo derecho de réplica.

Si no lo hago cambiará el escenario. Pero me convertiré en un infeliz egoísta. Salvar una vida ajena tiene un sabor heroico. Salvarme a mí mismo apesta a cobardía.

¿Pero morir de esta manera? ¿Con una bala metida en la cabeza? ¿Qué sucedería si elijo otra cosa? ¿Veneno, ahogamiento, un salto? Tal vez alguien moriría por intentar salvarme, tal vez aterrizaría encima de una persona. Quizá mis hijos encuentren el veneno y lo beban por equivocación.

No puedo estar seguro. Solamente puedo intentar ser un buen pingüino. ¿Habrá alguien allí afuera, sosteniendo en sus manos la esfera y con la nariz pegada al vidrio? Si lo hay, parece que ha decidido dejarme ir.

Supongo que yo debo hacer lo mismo.

Anuncios

7 comentarios en “Pingüinos

  1. Destilas fatalidad en este cuento. Es apabullante, y fría como el hielo. Me gusta esta Rosa que piensa hasta el más mínimo detalle como herir a su lector, como dejarlo sin aliento, pero en este caso quizá no me encantó ser yo el lector.
    Me gusta, creo que vas mejorando tus cuentos cada día. Este, en particular, me dejó con la piel de gallina.

    Le gusta a 2 personas

    1. Gracias, Daniel. Aww, no lo hago adrede, quiero a mis lectores 🙂 Bueno, me gusta hacerlos sufrir, pero nada más poquito y a veces. Mentira, tengo en mi escritorio un frasco rotulado “lágrimas de los lectores” xD Un saludo y gracias por leer y comentar.

      Le gusta a 2 personas

  2. El widget de Daniel Centeno es original y ese libro de Murakami no lo leí aún. Espero alguna señal para cuando lo concluyas.
    ¿Has leído La Guadaña? Es un cuento de Ray Bradbury que forma parte de El País de octubre.
    Tu entrada tiene ese nivel y me provocó el mismo sordo desasosiego que aquella lectura. 😉
    Un abrazo.

    Le gusta a 1 persona

    1. Me pareció un buen Widget para compartir títulos de libros. Haré una reseña cuando termine el de Murakami 🙂 No he leído el cuento que mencionas, pero admiro a Bradbury y me gusta un poco más con cada cuento nuevo que le leo, así que tu comentario me halaga a niveles que no me debería permitir, porque luego nadie me aguanta. Me pondré de tarea leer “La Guadaña”. Un abrazo, Vero, y gracias por tus palabras.

      Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s