El verdadero color de la Tierra

Solamente hay una razón por la que decidí convertirme en astronauta. Y no tiene que ver con el amor a explorar nuevos mundos, la adrenalina de vivir todo el tiempo en riesgo, ni tampoco con la sensación de libertad. Recuerdo escucharte hablar constantemente de eso. Pero eran tus motivos, no los míos. Yo me convertí en astronauta únicamente para poder seguirte.

Siempre quise hacerlo. El sonido de la cremallera cuando cerrabas tu maleta me despertaba y yo apartaba las mantas de un solo movimiento. Corría descalzo escaleras abajo tan rápido como podía, pero nunca, ni una sola vez, conseguía llegar a tiempo.

Tu espalda se alejaba de casa. Te asegurabas de cerrar con llave la puerta para que yo no te alcanzara. Mamá pretendía estar contenta, me preparaba panqueques y me permitía embarrarles tanto chocolate como a mí se me diera la gana. Como si el chocolate fuera a jugar al soccer conmigo o a espantar a los monstruos de debajo de la cama.

Luego venía la espera, pero era demasiado larga. Tan larga que algunos días no sabía el color de tus ojos, o la forma de tu nariz. Esperarte era superar tres veces la marca de altura que había en la puerta del armario, canjear al menos dos dientes de leche y contar arrugas nuevas en el rostro de mi madre. Eran veinte fotografías en el álbum familiar, decenas de explicaciones sobre tu ausencia en la escuela, los torneos y las estaciones de policía, acumular pruebas en la caja de honores, aunque jamás vieras ni uno solo de esos papeles.

Porque cuando regresabas a casa traías a los astros contigo. Llegabas tomado de la mano del Sol y en la cena sacabas de la maleta a Saturno. Si mencionaba la pelota de soccer, tú comparabas su forma con la de Marte. Y la belleza de mamá te recordaba a las lunas de Júpiter.

Nunca me diste oportunidad de alcanzarte. Pero tampoco dejé de intentarlo. Me enlisté en el mismo programa que tú a los dieciocho y trabajé duro para conseguir ver el verdadero color de la Tierra. Pensé que en el espacio te encontraría. Que le daría la mano al sol y metería en mi propia maleta a Saturno. Tú hablabas de adrenalina, de aventura, de libertad. Yo creí que el espacio me enseñaría tu idioma.

Me convertí en astronauta para poder alcanzarte y todavía veo solamente tu espalda. Cometí un error; ahora sé que él intentará alcanzarme.

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9 comentarios en “El verdadero color de la Tierra

  1. La Rosa emocional me gusta, y me gusta mucho. El cuento está plagado de imágenes y de referencias concretas a una relación cuya lejanía se antoja literal, pero bien podría aplicar a cualquier otra como una metáfora. Quizá la parte que más me conmueve es cuando dice que su madre le dejaba comer chocolate, pero él se “preguntaba” si el chocolate jugaría con él y la respuesta era no. Tristisimo y demoledor.

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    1. Gracias, Dany. Es verdad, puede aplicar para cualquier tipo de lejanía en una relación, cualquier tipo de ausencia paterna que es, tristemente, algo más común de lo que se creería. A mí también me gusta mi lado emocional, pero procuro sacarlo con mesura para que no arruine del todo mi imagen de roca indiferente xD ¡Saludos!

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