Agar y Alec Parte 3

Tras volar durante algún tiempo, Alec divisó finalmente tierra frente a él. En un inicio solamente era capaz de percibir la oscura silueta de una larga cadena de montañas, algunos riscos y acantilados, pero poco a poco todo fue cobrando mayor nitidez y sus ojos se abrieron como platos. Una sonrisa de felicidad surcó su rostro. Aquel lugar era enorme. No podía compararse de ninguna manera con la pequeña isla en la cual había vivido, aquello parecía sencillamente no tener final. Además, era muy hermoso. Bajo él aparecieron diversos paisajes; ríos y cascadas, lagos y explanadas, lagunas y pantanos. Luego aparecieron numerosos campos de siembra llenos de brillante trigo y cebada, construcciones de piedra y de madera, señales que advertían sobre la presencia de una comunidad de humanos encontrada muy cerca.

El corazón de Alec dio un vuelco y por vez primera desde que comenzó su aventura, sintió temor y una pizca de arrepentimiento. Descendió en picada, ocultándose lo mejor que pudo entre los árboles y demás vegetación. Gracias a que aún no había alcanzado su tamaño definitivo, conseguía pasar desapercibido para un ojo distraído. Mientras nadie se fijara demasiado, su escondite resultaría efectivo. Permaneció unos instantes allí, inseguro entre seguir adelante con aquella locura o regresar inmediatamente a la seguridad de su isla natal. Pero antes de que lograra decidirse, una voz capturó toda su atención. Era un sonido dulce. Un sonido tierno que consiguió que su corazón se acelerara en un segundo. Una joven que vivía en los sembradíos y que caminaba a paso alegre en dirección al centro de su aldea, con una bolsa vacía colgando de su brazo y tarareando distraídamente alguna pegajosa tonada. Su cabello era del color del fuego, tan rojo y vivo como las escamas de Agar, largo hasta las caderas de la chica. Lo llevaba sujeto en una gruesa trenza, aunque algunos mechones rebeldes escapaban de ella y caían juguetones por su rostro. Su rostro… era lo más hermoso que Alec hubiese visto jamás. De facciones finas, como una muñeca de porcelana, con la piel tersa y las mejillas cubiertas de anaranjadas pecas, los labios gruesos, los ojos grandes y claros.

Alec la observó totalmente embelesado. Quedó al instante hipnotizado por aquel ser; por su apariencia frágil, su manera de andar tan ligera y despreocupada, el tono de su voz y la alegría que irradiaba. No era capaz de apartar los ojos de ella, no quería perderla de vista. Y cuando la joven se alejó y su delicada figura fue desapareciendo poco a poco entre los árboles, estuvo a punto de abandonar la seguridad de su escondite para seguirla, sin importar a dónde fuera ella, sin importar quedar expuesto ante los humanos. Pero entonces algo lo detuvo. Un gran peso que cayó sobre él y lo derrumbó, aplastándolo contra el suelo y dejándole sin aliento; Agar había descendido en picada, aterrizando sobre su espalda y deteniéndolo justo a tiempo. Cuando Alec finalmente consiguió recuperarse de aquella embestida alzó la cabeza, estiró el cuello lo más que pudo y entornó la mirada, escrutando con desesperación los alrededores. Pero ya no quedaba rastro alguno de la joven.

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